Adiós, William Boo

20 October 2006

Prólogo

Nuevamente ha pasado un buen tiempo desde mi último post: un mes y dos días. Bastante tiempo si comparamos con otros blogs que postean varias veces al día; algo de tiempo comparado contra el clásico blog de posteo semanal. Aún no he resuelto mi debate interno sobre cual es mi frecuencia “ideal” de posteo. ¿Todos los días, y pongo en el blog cualquier cosita que me haya parecido divertida u ocurrente, mas allá de su relevancia? ¿En forma semanal, posteando exclusivamente contenido “de interés”, para atraer lectores “3l33t”?

Otros aconsejan postear con cualquier frecuencia, poca o mucha, pero siempre comunicándola a los lectores, para que sepan a qué atenerse: si les conviene consultar seguido el blog en busca de nuevas notas, si tendrán que esperar un par de semanas entre cada chequeo, o simplemente subscribirse al feed RSS (activado en el blog a partir de hoy) para que los posts vayan hacia los lectores, en lugar de que sea a la inversa, como se acostumbra. Lo importante es que los lectores no piensen que el blog ha sido abandonado definitivamente.

Tal vez en el caso de “Estación…” suscribirse al feed RSS sea la mejor opción, ya que lamentablemente, mi frecuencia “ideal” es indefinida. Posteo cada tanto, a veces seguido, otras (como en esta ocasión) dejo pasar algunas semanas. Por el momento seguramente será así, ya que me parece lo mejor en esta etapa de inicio y consolidación del blog postear solamente cuando siento que realmente tengo ganas de compartir algo con los navegantes que puedan detenerse a descansar en esta Estación; algo que para mí tiene alguna relevancia, que creo que deja algo que vaya mas allá de la brevedad de la ocurrencia o la espontaneidad de la anécdota.

Pero atención… eso no quiere decir que no vaya a postear algún que otro video de YouTube :P

En este caso, hace pocas horas me enteré de un hecho triste, que me motivó a pensar que tenía ganas de escribir algo para compartirlo con ustedes.

Adiós, William Boo

William BooEsta madrugada falleció William Boo, el inolvidable árbitro “tramposo” del Titanes en el Ring de mi infancia. Noticia que me entristeció, sobre todo al enterarme que dejó de existir en una clínica médica que está pegada literalmente al edificio donde vivo. Vaya paradoja… hace años que no recordaba ni su existencia, y vuelve a mi “universo mental” justo en sus últimos momentos, cuando estuvo más cerca mío que nunca, físicamente hablando, por supuesto.

Espiritualmente, todos los pibes que se enganchaban incontables tardes frente a la TV lo tuvimos cerca a William Boo, para bien o para mal. Algunos lo detestaban, por su eterna costumbre de perjudicar injustamente a los luchadores “buenos” de la serie, y por favorecer en forma tramposa y con alevosía a los luchadores “malos”: estrategia que le ganó el odio de muchísimos pibes, la admiración de otros (como yo) que no soportaban ver a los buenos ganar siempre, aunque hubieran luchado peor, y el reconocimiento de todos: chicos y grandes.

En parte, porque su forma de arbitrar los combates no hacía más que parodiar una de las tantas formas de ser de muchos argentinos y particularmente de muchos porteños: la de hacer trampa de forma inocultada, alevosa, con tal de conseguir lo que se quiere. En parte, porque en el fondo hasta los pibes sabíamos que esa “maldad”, aunque sonara contradictorio, en el fondo tenía como finalidad una acción inmensamente bondadosa: la de hacer a los chicos entretenerse, disfrutar, reírse, enojarse, insultar: apasionarse.

Ya no se verá tu inconfundible figura redonda sobre el ring, haciendo la vista gorda ante los golpes más descalificadores. Ya no reiremos más con tus gestos enérgicos y tus muecas.

Adiós, William Boo. Mitad árbitro de lucha libre, mitad actor cómico, enteramente leyenda en el corazón de miles de pibes argentinos, que hoy somos adultos, y prometemos que nunca serás olvidado.

Klaatu y GortEn “El Día que Paralizaron la Tierra”, clásico del cine filmado en 1951, un extraterrestre llamado Klaatu llega a la Tierra con la misión de advertirnos que si llevásemos nuestra carrera armamentista y afán de destrucción al espacio, amenazando la existencia pacífica de seres de otros planetas, nuestro mundo sería destruído para evitar que los humanos aniquilaran otras razas que habitan nuestro universo.

A pesar de que su intención no es hacernos daño sino evitar nuestra destrucción, es recibido de forma temerosa primero, y abiertamente hostil después; cuando parece que logrará hacer llegar su mensaje a gente con real poder de decisión, la burocracia y las peleas internas entre los representantes de los distintos países impiden la difusión del mensaje de paz a los líderes mundiales.

Luego se contacta con un científico, una de las mentes más brillantes de su tiempo, quien conoce demasiado bien al ser humano como para creer posible que el extraterrestre sea escuchado, no sin una demostración del poderío de este ser y del castigo que puede sufrir la humanidad si hace oídos sordos a la advertencia.

Así que convence a Klaatu de intentar abrirle los ojos al mundo entero de esta manera, por lo que el extraterrestre, valiéndose de su tecnología infinitamente más avanzada, anula el funcionamiento de todo aparato y maquinaria que funcione con energía eléctrica, en todo el globo, durante media hora; hecho que da el título al film, ya que durante ese lapso de tiempo dejan de funcionar automóviles, ascensores, maquinaria industrial, radios y televisores; prácticamente todo aquello que el humano ha vuelto indispensable para su subsistencia durante el siglo anterior. Solo permite que sigan en funcionamiento aquellas máquinas indispensables para evitar daños a los humanos, como por ejemplo el equipamiento hospitalario.

Sin embargo, la demostración consigue el efecto contrario al buscado: conscientes ahora del poder del extraterrestre sobre la existencia humana, el gobierno del país adonde Klaatu aterriza ( al que prefiero no nombrar… :S ) lo considera una amenaza y decide capturarlo o aniquilarlo, lo cual termina con el previsible asesinato del extraterrestre, quien antes de morir, insiste en recordarnos su advertencia, diciendo que nuestro destino está en nuestras propias manos.

No es difícil hacer paralelismos varios entre el argumento de esta película y distintos hechos históricos; cuando se estrenó (plena época del MacArthismo) muchos vieron en ella un alegato contra la feroz e injustificada caza de brujas que arruinó las vidas de miles de personas sospechadas (por lo general erróneamente) de simpatizar con el régimen soviético, en aquella época todavía grande y poderoso. Otros pueden comparar la misión de Klaatu con la de Jesucristo: fue enviado por seres infinitamente poderosos para salvarnos de nosotros mismos, y terminó entregando su vida a quienes vino a salvar.

El fin de estas líneas no es otro que compartir con ustedes una reflexión que en estos momentos tan difíciles para nuestro mundo y para toda la raza humana, no deja de dar vueltas en mi cabeza…

Tal vez la única forma de evitar que nos terminemos autodestruyendo, de impedir que el hermano mate al hermano, que el vecino derrame la sangre del vecino para ganar o recuperar unos metros más de tierra, polvo y miseria, es que un nuevo Klaatu descienda de los cielos para anular de una vez y para siempre el funcionamiento de todas aquellas máquinas que hayan sido pensadas o utilizadas para causarle daño a un semejante.

¿Podemos imaginarnos como sería nuestro mundo sin armas? Un mundo donde nos viéramos obligados a intentar dialogar y comprender al otro como herramientas para conseguir lo que queremos. Un mundo donde cada quien se resignara a ser quien es, y tener solo lo que tiene, antes que conseguir algo que realmente no necesita para ser feliz por medio de la violencia. Un mundo donde si realmente se llega al extremo (a mi modo de ver lindante con la locura) de querer matar a un semejante, saber que se tendrá que hacerlo con las propias manos, y luego mirar a los ojos de aquellos a quienes se ha dejado sin un padre, sin un hermano, sin un amigo.

Debe ser mucho más fácil quitarle la vida a alguien si no lo vemos, si no lo escuchamos, si lo único que hay que hacer es apretar un botón y relajarse, mientras la muerte se encuentra bien lejos, a cientos o miles de kilómetros de distancia, y le es negada a las víctimas toda posibilidad de defenderse. ¿Cuántos millones de vidas se hubieran ahorrado si aquellos que las segaron se hubieran visto obligados a poner en riesgo real la propia para arrebatar la ajena? ¿Cuantos de estos asesinos tienen los huevos suficientes para matar a alguien indefenso, pero que mantiene la cabeza alta y no aparta la mirada?

Tal vez no estoy en un día optimista precisamente, pero no puedo dejar de pensar que solo un nuevo Klaatu podría impedir nuestro triste destino como raza.